La guerra del mosquito
Los mosquitos son una especie animal que ha evolucionado a lo largo de los años convirtiéndose en resistentes a los antimosquitos esos de pastilla y en seres mucho más inteligentes de lo que se podría pensar a primera vista.
Esta es la historia de cómo estuve durante una hora y media intentando matar a uno de ellos.
Me desperté confusa y con un picor terrible en la mano derecha y la pierna izquierda. Cuando encendí la luz, vi las cinco ronchas. Corrí a echarme un poco de trombocid (es lo único que hace que desaparezcan esas picaduras enormes y que se calme la irritación, al menos en mi caso). Entonces comenzó todo.
Imaginad ahora a alguien en el centro de una habitación, con una camiseta enrollada en una mano y la otra preparada para salir disparada contra lo que se mueva. Aguzando el oído hasta llegar a captar el zumbido del mosquito. Obviamente, no se escuchaba nada. Con la luz encedida todavía, recorrí la habitación, todas las paredes, los muebles... Esta nueva especie de supermosquitos suele posarse en los marcos de las puertas, en las cosas oscuras, pues saben que ahí contrastan menos y es más difícil verlos. Creía que lo había encontrado en el marco de la puerta del armario. Así que di un golpe con la camiseta. De repente, de no se sabe muy bien dónde, apareció el mosquito directo a mis ojos. Me asusté. Cerré los ojos y empecé a dar manotazos al aire. Cuando supe que se había ido, recuperé mi dignidad y me dispusé a dar con él de nuevo. Pero no había forma, no lo veía por ningún sitio. Así que recurrí a la táctica de dejarlo creer que lo había dejado de buscar. Apagué la luz, me senté en la cama y esperé. Esperé a oírlo zumbar y dejar de hacerlo en algún lugar cercano a la ventana cerrada. Encendí de golpe la luz y ahí estaba él.
Debo recordaros que este mosquito es extremadamente inteligente. Cuando se supo descubierto, empezó a volvar por la habitación. Yo lo seguía con la mirada para ver dónde se posaba, pero él, entrenado por el Vietcong, seguro, no hacía más que pasar por delante de la lámpara, de forma que cada vez que pasaba por ahí, la luz me deslumbraba y le perdía la pista. Así estuvimos durante unos minutos, hasta que me cansé y volví a apagar la luz. Al rato, la encendí y el mosquito salió de su escondite de nuevo directo a mi cara. Esta vez me mantuve firme y, cual maestro zen, movía mi cuerpo sin mover los pies para esquivarlo e intentaba atraparlo entre las palmas de mis manos. Pero no lo conseguí. Quizás el que fuesen las cuatro de la mañana y ya llevase más de veinte minutos intentando atraparlo tuviera que ver. Volvío a usar el truco de la lámpara. Volvió a desaparecer. Esta vez intenté ponérselo más fácil y me tumbé en la cama con la luz de nuevo apagada. Ese fue un error estratégico porque me desperté diez minutos después con una nueva picadura. Entonces fue cuando me cansé y recurrí, quizás no a la más heroica, pero desde luego sí a la más efectiva estratagema (debo decir en mi defensa que estaba realmente cansada): dejé la habitación a oscuras y encendí la luz del salón, donde me puse a ver la televisión. A los diez minutos, el mosquito estaba allí. Apagué el televisor y me volví a sentar. Allí estaba, paseándose frente a mí, jugando con mi cansancio. Cuando se posó en un sofá, apagué la luz del salón y salí corriendo hasta mi habitación, cerrando la puerta tras de mí. El mosquito no intentó entrar.
Después de todo eso, pensé que sí, que los nuevos mosquitos se parecen un poco más al Vietcong, esa guerra del desgaste, del esconderse y salir para volverte loco. Si los nuevos mosquitos fuesen terroristas suicidas, se habría ido directamente a mi oído, seguramente él moriría, pero yo saldría mucho más perjudicada que con una picadura en la punta de la nariz...
Hay que estar preparados para esta nueva especie inteligente de mosquitos, no hay nada más peligroso que un mosquito que sepa cuánto daño puede hacer y que conozca tus debilidades. Nunca mostréis piedad y, desde luego, sed siempre los que controléis la situación. Al menos, que lo parezca, a fin de cuentas, sólo son mosquitos.
