Justine (de Durrel)
En un universo completamente mantriforme, esa será una de mis entradas alfabéticas.
Siempre que leo un libro, empiezo por el final. No sé, una de las cosas que más me llama la atención es la palabra que cierra el libro. El punto final de la historia que van a contarme. No leo la resolución, tan sólo esa última palabra o, si es una palabra que sabe a poco, la última frase. La última frase de Justine dice (tranquilos, no se desvela absolutamente nada de la historia): "¿Acaso no depende todo de nuestra manera de interpretar el silencio?" Una vez que sabes que ese es el sabor de boca que Durrel quiere para sus lectores, comenzar es saber que vas a meterte en algo, cuanto menos, curioso.
He tardado más de dos meses en leerlo, lo cual es bastante para mí... tardé dos semanas en leer Los pilares de la tierra. Pero es que este libro requería intimidad y las horas de intimidad son escasas. Es un libro para paladear las palabras. Y lo más complejo de todo y lo que más tiempo me ha llevado es que es un libro en el que no estás solo tú y la historia, sino que está la historia, tú y la persona que te dejó el libro. Y esto es importante porque resulta casi imposible no proyectar y no pensar en lo que la otra persona proyectó... Porque estoy segura de que en algún momento se sintió un poco Justine. Y de alguna forma yo recorro las páginas como alguien pudo recorrer las de Arnauti o como se recorren las páginas del chico escritor. Porque las historias, cuando se cuentan bien, cuando las frases son universales y no sólo propiedad de unos personajes o, quién sabe, cuando esas frases de esos personajes sonarían igual de válidas salidas de otras bocas, cuando eso ocurre, te deslizas de palabra en palabra, saboreando su sonoridad y recreándote en sus interpretaciones. Porque son esas historias en las que reconoces gestos y compartes pensamientos las que realmente te llenan.
Vale, es cierto, hay libros que te encantan por cómo están escritos. Hay algunas cosas que te gustan por cómo están escritas, por cómo el autor ha jugado con las palabras... pero esos libros no dejan de ser metalenguaje. O una metapaja mental. Los que realmente dicen cosas son esos en los que hay algo que relacionas con lo que conoces. Y te llevan y te traen y juegan contigo, porque les dejas entrar en tu vida y ya no hablan de Justines, Horacios o alcohólicos anónimos, sino de un amigo, de ti, del primer amor... Y algunos, como este de Durrel, leídos con distancia, la distancia que da el tiempo (no me imagino leyendo ese libro hace tres años), te sorprenden por la profundidad y a la vez sencillez de su planteamiento y sus reflexiones. Una ciudad, un grupo de personas que se relacionan entre si... y el amor, desamor y pasiones en torno a ellos.
Ahora estoy deseando leer el resto del Cuarteto de Alejandría... ¿A qué esperáis? ¡Ya estáis buscándolo y leyéndolo!
Os dejo como final una frase dicha casi al principio del libro:
>> "Con una mujer sólo se pueden hacer tres cosas", dijo Clea en una ocasión: "Quererla, sufrir o hacer literatura"<<

Destrozaflanes dijo
Yo también hago eso de leer justo el final pero intentando que no me destripe lo que pasa :-)
Y el comentario sobre la entrada de abajo del INEM me lo guardo, porque madre mía...
Un muacks!
18 Febrero 2008 | 04:24 PM